Erase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos: la alegría, la tristeza, la vanidad y muchos más, incluyendo el amor.
Un día avisaron a sus moradores que la isla se iba a hundir, por lo que todos los sentimientos abordaron sus barcos y se prepararon a partir presurosamente.
Sólo el amor permaneció en ella; quería estar un rato más en la isla que tanto amaba, antes de que desapareciera.
Al fin, con el agua al cuello y casi ahogado, el amor comenzó a pedir ayuda.
Se acercó la riqueza que pasaba en un lujoso yate y el amor dijo: "Riqueza llévame contigo!" La riqueza contestó: "No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para tí".
Le pidió ayuda a la vanidad, que también venía pasando: "Vanidad por favor ayúdame". Le respondió: "Imposible amor, estás mojado y arruinarías mi barco nuevo".
Pasó la soberbia, que al pedido de ayuda contestó: "Quítate de mi camino o te paso por encima!".
Luego, el amor pidió ayuda a la tristeza: "¿Me dejas ir contigo?". La tristeza le dijo: "Ay amor, tú sabes que siempre voy sola y prefiero seguir así".
Paso la alegría y estaba tan contenta que ni siquiera oyó al amor llamarla.
Desesperado, el amor comenzó a suspirar, con lágrimas en sus ojos. Fue entonces cuando una voz le dijo: "Ven, amor, yo te llevo".
Era un anciano el que le decía eso. El amor estaba tan feliz que olvidó preguntarle su nombre.
Fue llevado a la tierra de la sabiduría y, una vez allí, el amor preguntó: "¿Quién es el anciano que salvó mi vida?"
La sabiduría respondió: "Es el tiempo". "El tiempo? Pero, ¿por qué el tiempo me quiso ayudar?", dijo el amor.
La sabiduría le respondió: "Porque sólo el tiempo es capaz de ayudar y entender a un gran amor"
lunes, 5 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario